viernes, 29 de enero de 2016

TARDES DE PALOMITAS




Me acuerdo de aquellas tardes de invierno, en las que mi abuelo, ayudado por mi madre, tal vez al revés, nos preparaba palomitas de maíz, para mi, para mi hermana, para vecinos y amigos que convertíamos la escalera en el escenario de un festín improvisado, olvidando por un rato el anterior decorado de lectura de tebeos y mercadeo de cromos.  

 

    Entonces,  cualquier día se volvía domingo, aunque no coincidiera en el calendario. 

 

   Todavía recuerdo el aroma a panizo tostado, el sonido de las palomitas reventando  y chocando con la tapadera de la sartén en la cocina económica, la sorpresa de ver los granos amarillos convertidos en palomas blancas, la boca llena de aquel maná de sabor único, mis dedos chupados una y otra vez para aprovechar los últimos restos de aquel bocado regalo,  la competencia con el resto para coger el mejor puñado,... no recuerdo mejor juguete. 

 

Estas tardes, estoy teniendo la misma sensación que antaño.  Veo el paisaje salpicado de palomitas.  Han empezado las almendreras a estallar poco a poco sus ramas, el resto de los frutales ya empiezan a engordar sus botones florales y no tardaran en abrirse.  

El paisaje me recuerda a las palomitas abriéndose en esas fechas que se convertían en domingo.  Me queda el pesar de la fecha prematura, mis recuerdos me avisan de que los hielos son tozudos, que el cierzo suele ser puntual a su cita y quizá la vida anunciada sea efímera.

 

Abuelo invierno sin nietos

hace palomitas beso

que saltando poco a poco

abren primaveras pronto,

antes de llegar los hielos.


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